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En Misiones, la política se está construyendo de otra manera: debajo de los nombres y los bloques, Passalacqua recorre el territorio y administra. En la Nación, la distancia entre el relato de Milei y lo que la sociedad percibe sigue creciendo: 62,4% de desaprobación, 70% que considera mala la situación económica. Una provincia que elige gobernar desde el territorio. Un gobierno que sigue mirando el escenario que construyó.

Por Sergio Fernández

Italo Calvino escribió Las ciudades invisibles, un libro donde las ciudades no podían explicarse solamente por sus edificios. Detrás de las calles, las plazas y las fachadas había otra estructura, hecha de vínculos, recorridos, encuentros y relaciones que terminaban definiendo aquello que realmente era cada ciudad. Lo visible era apenas una parte de la construcción. Algo parecido empieza a ocurrir en la política misionera.

Durante varias semanas, la mirada estuvo puesta en las desafiliaciones, los nombres que cambiaban de espacio, las rupturas y los nuevos alineamientos. Era lógico. La política suele mirar primero a quienes se mueven y después intenta entender qué estructura está quedando detrás de esos movimientos. Pero mientras la discusión pública se concentraba en el nuevo mapa, otra construcción empezó a tomar forma.

La renuncia de Hugo Passalacqua a Encuentro Misionero, la conformación del bloque Movimiento por lo que Viene y sus 17 diputados provinciales, fueron los hechos más visibles. Lo menos visible es quizás lo más importante: alrededor de esa nueva estructura comienza a ordenarse una manera diferente de vincular política y gestión.

 Porque mientras se reorganizaban los espacios, Passalacqua siguió recorriendo escuelas, municipios, fiestas productivas, obras, actividades turísticas y encuentros institucionales. No dejó de gobernar para empezar a construir políticamente. Hizo las dos cosas al mismo tiempo. Y esa diferencia, aunque parezca sutil, importa.

El domingo, en Gobernador López, el mandatario participó del centenario de la Escuela 19 «Toribia Escobar». Allí dijo que «acá se construye Patria» y que la escuela no solamente forma ciudadanos, sino también comunidades. Podría parecer una frase reservada para una celebración escolar. Pero también permite entender una concepción de gobierno: las comunidades no se construyen únicamente con grandes decisiones. Se construyen con instituciones, vínculos y presencia. Con lugares donde la gente se encuentra, aprende, trabaja y desarrolla una pertenencia.

Algo similar apareció en Mojón Grande, aunque en un escenario completamente diferente. La Fiesta Provincial del Azúcar Rubio Artesanal puso en escena una actividad que difícilmente aparezca en los grandes debates económicos nacionales, pero que representa el ingreso de numerosas familias.

Esa es la complejidad de Misiones: no existe una única economía provincial. Hay productores, cooperativas, comerciantes, emprendedores, pequeñas industrias y trabajadores distribuidos en municipios con realidades muy diferentes. Gobernar esa diversidad exige algo más que administrar desde una capital. Exige conocerla.

Por eso la recorrida territorial de Passalacqua no debería ser interpretada solamente como una agenda de presencia política. También funciona como una forma de construir información y de tomar decisiones desde el lugar donde los problemas efectivamente aparecen.

La recuperación de una conexión aérea entre Posadas y Buenos Aires responde a esa misma necesidad. Una provincia ubicada geográficamente lejos de los grandes centros de decisión necesita reducir las distancias de todas las maneras posibles. Más vuelos significan conectividad, pero también turismo, negocios, comercio y oportunidades.

Lo mismo puede decirse de la discusión federal que volvió a aparecer durante la reunión del Consejo Federal de Justicia en Puerto Iguazú. Passalacqua sostuvo que “no debería pensarse en la Nación por un lado y las provincias por otro, porque las provincias también son la Nación”.

En una provincia fronteriza, esa definición tiene un peso particular. Misiones no puede analizar determinadas decisiones nacionales de la misma manera que una jurisdicción ubicada en el centro del país. La tierra, las fronteras, la logística, la conectividad y las economías regionales forman parte de una realidad que necesita ser mirada desde aquí.

La discusión sobre la extranjerización de tierras terminó demostrando hasta qué punto esa dimensión territorial puede trasladarse a la política. El reclamo del Gobierno provincial, acompañado por intendentes, productores, organizaciones sociales, gremios y otros sectores, generó una presión suficiente para obligar a los representantes misioneros en el Senado a fijar posición. Sonia Rojas Decut anunció su voto en contra de la extranjerización y conformó un bloque unipersonal mientras que su par, Carlos Arce, adelantó su rechazo al capítulo tres, que contenía la extranjerización de tierras.

El reordenamiento que comenzó dentro de Misiones empezó también a modificar la representación provincial en el Congreso. Pero detrás de ese movimiento existe algo más profundo: cuando una cuestión toca intereses que una sociedad considera propios, las pertenencias partidarias empiezan a pesar menos que la representación del territorio.

En Almafuerte, mientras tanto, avanzan obras para un Hospital Nivel I, infraestructura urbana, viviendas y soluciones para el abastecimiento de agua. En Profundidad se anunciaron trabajos para mejorar caminos y llevar servicios hacia las colonias.

Son decisiones que probablemente tengan menos repercusión que una discusión legislativa. Pero para una familia que necesita agua, un camino transitable o un centro de salud cercano, esas decisiones tienen una dimensión política mucho más concreta. La política, en esos casos, empieza donde una decisión pública modifica la vida de alguien.

Passalacqua tampoco intentó presentar este escenario como sencillo. En Profundidad habló de un momento difícil y, al mismo tiempo, dijo haberse ido de la localidad con esperanza. Esa combinación, también, es parte del oficio. La Provincia enfrenta una economía con consumo debilitado, dificultades productivas y menores recursos nacionales.

Negar ese contexto sería construir una política sobre una realidad inexistente. El desafío consiste en administrar dentro de esa dificultad. Por eso también adquieren sentido medidas como el Black Friday, los incentivos al comercio o la utilización de eventos como el Jeep Fest de San Vicente y la Fiesta Nacional del Inmigrante como herramientas para movilizar turismo, gastronomía, hotelería, transporte y actividad comercial. Setenta mil personas en una fiesta no son solamente una multitud. Son habitaciones ocupadas, mesas servidas, combustibles vendidos, comercios abiertos y trabajadores que encuentran durante esos días una oportunidad. La economía, como la política, también se construye desde abajo.

Y mientras esas cosas sucedían, arriba de la superficie terminaba de ordenarse el nuevo mapa político. Movimiento por lo que Viene quedó formalizado como bloque con 17 diputados y se convirtió en la primera minoría de una Legislatura que ahora aparece distribuida en diez bloques. La cifra es importante. Pero no alcanza para explicar lo que viene. Una Legislatura más fragmentada obliga a negociar. El Presupuesto 2027 será una de las primeras pruebas para saber si la nueva relación de fuerzas puede transformarse en gobernabilidad.

La nueva bancada no tiene una mayoría automática. Tiene algo diferente: la posibilidad de construirla. Eso obliga a conversar, explicar, convencer y acordar. Puede ser una dificultad. También puede ser una oportunidad. Porque una estructura política que pretenda representar una nueva etapa, no puede limitarse a reemplazar una mayoría por otra. Tiene que demostrar que existe para algo más que administrar posiciones.

Passalacqua eligió una definición prudente al presentar el espacio: «La única aspiración es seguir trabajando por toda la gran familia misionera». Ahora habrá que darle contenido a esa frase. Los 17 diputados son una fotografía. La construcción que empieza a formarse alrededor de ellos es una película bastante más larga.

Y esa película no se filma solamente en la Legislatura. Se filma en una escuela de Gobernador López, en una fiesta productiva de Mojón Grande, en un camino de Profundidad, en una obra de Almafuerte, en un vuelo que conecta Posadas con Buenos Aires, en un productor que necesita vender, en un comerciante que necesita recuperar clientes y en un municipio que necesita que el Estado provincial responda.

Allí está lo que todavía no termina de verse. Mientras algunos cuentan diputados, otros están construyendo vínculos. Mientras se discuten nombres, se está armando una red territorial. Mientras se habla de poder, se intenta darle una forma concreta a una manera de gobernar. Eso no garantiza resultados.

Tampoco elimina los problemas que enfrenta la Provincia ni convierte automáticamente a la nueva estructura en una alternativa consolidada. Pero permite entender que el proceso no se agota en una ruptura partidaria. Hay algo que está tomando forma debajo. Y como en las ciudades de Calvino, quizás lo más importante no sea aquello que aparece en la fotografía, sino las conexiones que comienzan a unir cada una de sus partes.

La nueva etapa de Misiones tendrá que demostrar si esa arquitectura invisible consigue sostenerse cuando lleguen las decisiones difíciles. Porque construir un espacio político puede llevar unos meses. Construir una forma de gobernar lleva mucho más tiempo. Y la sociedad, finalmente, no va a mirar solamente quiénes están sentados en la Legislatura. Va a observar qué construyeron con el poder que recibieron. Y si esa construcción, como en las ciudades de Calvino, logra sostenerse por sí misma.

-Entre el sueño y la realidad

Jay Gatsby pasó buena parte de su vida construyendo una realidad alrededor de una promesa. Todo lo que hacía, todo lo que mostraba y hasta la enorme fiesta que organizaba cada noche, parecía tener un único propósito: demostrar que el sueño todavía era posible. El problema de Gatsby no fue solamente descubrir que la realidad era diferente. Fue no querer aceptar que lo era. La política, a veces, también queda atrapada en esa distancia entre lo que se quiere mostrar y lo que la sociedad está viendo.

El último informe de Atlas Intel y Bloomberg debería ser leído por el gobierno de Javier Milei con algo más que preocupación electoral. El 62,4% desaprueba la gestión del presidente y apenas el 37,1% la aprueba. Es el peor registro de aprobación de Milei en la serie histórica incluida en el estudio. Pero hay un número todavía más contundente: el 70% de los argentinos considera que la situación económica es mala. Y el 56% cree que estará peor dentro de seis meses.

No hace falta convertir una encuesta en una verdad definitiva. Ninguna medición puede explicar por sí sola el humor de una sociedad. Pero cuando los números empiezan a coincidir con una percepción que se repite en las calles, en los comercios y en los hogares, ignorarlos también es una forma de hacer política. Una forma, dicho sea de paso, bastante costosa.

Milei llegó al poder precisamente porque supo interpretar un malestar que buena parte de la dirigencia tradicional no había logrado comprender. Su gran fortaleza política estuvo en construir un relato sencillo: había una Argentina cansada de pagar los costos de una política que prometía soluciones y entregaba frustraciones. Él se presentó como alguien dispuesto a romper con esa lógica. Esa construcción funcionó. El problema aparece ahora, en la instancia más incómoda: cuando quien prometió cambiar la realidad tiene que explicar la realidad que está produciendo.

Durante un tiempo es posible atribuir todos los problemas a la herencia recibida. También es posible responsabilizar a la oposición, a los gobernadores, a los sindicatos, a los medios, a la casta o a cualquier otro adversario disponible. Pero gobernar tiene una particularidad incómoda: llega un momento en que las explicaciones empiezan a tener menos importancia que los resultados. Y los resultados, como bien saben los que llegan justo a fin de mes, no se miden con encuestas.

Se miden cuando una familia hace las cuentas antes de ir al supermercado. Cuando un comerciante mira la caja al final del día. Cuando alguien posterga la compra de un electrodoméstico. Cuando una empresa deja de contratar. Cuando un trabajador descubre que su salario alcanza para menos. Las estadísticas pueden discutirse. La sensación de llegar justo a fin de mes es bastante más difícil de discutir.

Por eso el dato económico resulta especialmente relevante. El 70% que considera mala la situación del país no está evaluando una pelea de Twitter ni una declaración presidencial. Está expresando una percepción sobre su propia realidad. Y allí aparece el desafío más grande que enfrenta Milei: el presidente construyó buena parte de su identidad política alrededor de la confrontación. La pelea fue una herramienta para diferenciarse, para ocupar el centro de la conversación y para mantener movilizada a una sociedad que durante años había encontrado en el enojo una forma de expresar su frustración. Pero el conflicto permanente tiene un límite. Puede servir para llegar al poder. No necesariamente alcanza para sostenerlo.

Gobernar exige administrar contradicciones, construir acuerdos y aceptar que una sociedad no está compuesta solamente por quienes piensan como uno. También exige algo todavía más difícil para cualquier liderazgo: reconocer los errores. Ese puede ser uno de los puntos de inflexión de esta etapa. Milei todavía conserva una base electoral importante. El 37,1% de aprobación registrado por Atlas no es un dato menor. Tampoco desapareció su capacidad para ordenar políticamente a una parte significativa del electorado. Pero el presidente ya no puede gobernar solamente para quienes siguen creyendo en el sueño original. Necesita convencer también a quienes lo votaron y hoy tienen dudas. Y, sobre todo, a quienes nunca lo votaron pero también forman parte del país que tiene que gobernar.

La encuesta ofrece otro dato interesante: ninguna de las principales figuras políticas aparece con una imagen netamente positiva. Patricia Bullrich encabeza ese ranking, seguida por Milei y Axel Kicillof, pero todos registran más opiniones negativas que positivas. Eso significa que el desgaste del gobierno no se traduce automáticamente en una alternativa política. Argentina puede estar desencantándose de Milei sin haber encontrado todavía quién pueda reemplazarlo. Puede rechazar algunas de sus políticas sin querer regresar exactamente al lugar del que salió. Puede estar cansada de la confrontación sin tener todavía una propuesta alternativa capaz de representar ese cansancio.

Por eso sería un error leer estos números como si anunciaran por sí solos el final de una etapa. Lo que sí anuncian es otra cosa: el margen para seguir explicando la realidad sin modificar nada empieza a reducirse. La política tiene memoria y también tiene paciencia limitada. Milei llegó a la Casa Rosada prometiendo que los argentinos iban a recuperar la esperanza después de años de frustraciones. Esa promesa fue suficientemente poderosa como para transformar el sistema político argentino. Ahora tiene que demostrar que aquella promesa puede convertirse en una realidad cotidiana.

Porque el problema de los sueños políticos no es soñarlos. El problema aparece cuando la realidad empieza a golpear la puerta y quienes gobiernan prefieren seguir mirando el escenario que construyeron. Gatsby pudo sostener durante mucho tiempo la ilusión de que todo podía volver a ser como él imaginaba. La política tiene una diferencia decisiva con la literatura: «los ciudadanos siempre terminan pudiendo abrir la puerta. Y cuando lo hacen, no miran el relato. Miran qué hay del otro lado».