En El talento de Mr. Ripley, Patricia Highsmith construye un personaje inquietante. Tom Ripley no resuelve los problemas que provoca: simplemente cambia de escenario. Cuando una mentira empieza a desmoronarse, inventa otra realidad. Sigue caminando como si nada hubiera pasado, convencido de que el próximo movimiento alcanzará para borrar el anterior. La política, a veces, también ensaya ese mecanismo.

Por Sergio Fernández

Después de semanas marcadas por las dudas sobre el patrimonio de Manuel Adorni, las contradicciones en su declaración jurada y una defensa oficial que hizo más ruido que las propias explicaciones, el Gobierno nacional decidió hacer exactamente eso: seguir adelante como si el escándalo nunca hubiera existido. Fingir demencia, que en política también es un arte.

La agenda volvió a poblarse de anuncios. Eliminación de las PASO. Reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Nuevas discusiones institucionales. Otra vez el discurso refundacional. Otra vez la promesa de cambiar la Argentina. El problema, claro, es que los proyectos no se discuten en el vacío. También importa quién los impulsa.

Milei llegó al poder prometiendo terminar con los privilegios, con la casta y con los funcionarios que utilizaban el Estado para beneficio propio. Ese fue el contrato político que firmó con buena parte de la sociedad. Por eso el caso Adorni pesa más que un escándalo administrativo. Porque pone en cuestión la autoridad moral desde la que el gobierno pretendía diferenciarse. Y esa autoridad, una vez erosionada, no se recupera con un decreto.

Durante días el presidente eligió defenderlo sin matices. Después empezó a cambiar el tono. Ya no habló de inocencia. Dijo que, si la Justicia encontraba responsabilidades, él mismo lo echaría. La frase suena razonable. También revela otra cosa: el gobierno pasó de garantizar que no había nada que explicar a preparar la salida por si las explicaciones no alcanzan. No es un detalle. Es una forma de gobernar que se parece mucho a la de aquellos a quienes prometió no parecerse.

Mientras tanto, la Casa Rosada volvió a necesitar de los gobernadores para avanzar con reformas que requieren mayorías parlamentarias. Eliminar las PASO puede tener lógica. Incluso hay argumentos sólidos para sostener que representan un gasto difícil de justificar en un contexto de ajuste.

La discusión merece darse. Lo mismo ocurre con la modernización del Banco Central. Lo que cuesta más entender es por qué los gobernadores deberían entregar nuevamente un cheque en blanco a un presidente que convirtió el incumplimiento de los acuerdos políticos en una práctica habitual.

La confianza, en política, también es un capital. Y cuando se rompe, no alcanza con un discurso para recuperarla. Los mandatarios provinciales empiezan a percibirlo. Ya no discuten solamente el contenido de las reformas. También se preguntan cuánto vale la palabra de un gobierno que suele modificar las condiciones después de cerrar los acuerdos. En política, como en la vida, nadie firma dos veces el mismo contrato si la primera experiencia terminó mal. Salvo que no tenga otra opción. Y esa, precisamente, es la queja de los gobernadores.

-La “Scaloneta”

Mientras todo eso ocurre, apareció otro intento de apropiación. La Selección Argentina volvió a convertirse en territorio de disputa. Unos buscan presentarla como el símbolo del mérito individual que pregona el gobierno. Otros intentan convertir cada gesto de los jugadores en una respuesta política contra Milei. Los dos cometen el mismo error: creer que todo necesita ser colonizado por la grieta.

El fútbol argentino logró algo que la política hace tiempo perdió: reunir en un mismo abrazo a personas que piensan distinto. En una tribuna nadie pregunta a quién votó el que grita el gol. Nadie necesita saber si el que tiene al lado es peronista, radical, libertario o socialista para abrazarlo cuando la pelota entra. Quizás por eso algunos dirigentes sienten la necesidad permanente de apropiarse de esa emoción colectiva. Porque saben que la política ya no produce ese tipo de consensos. Y porque, en el fondo, les duele que un grupo de jugadores logre en 90 minutos lo que ellos no consiguen en años de discursos.

La Selección no necesita traducirse en un mensaje partidario. Ya representa algo mucho más importante: la posibilidad, cada vez más escasa, de recordar que los argentinos todavía son capaces de celebrar juntos. Tal vez esa sea la diferencia más incómoda para un tiempo donde muchos dirigentes parecen convencidos de que gobernar consiste únicamente en encontrar un nuevo tema antes de que el anterior termine de explotar. Y si el nuevo tema no alcanza, siempre queda la Selección. Mientras tanto, la pelota sigue rodando. Y la política, también.

 

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